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El Estado Argentino deberá anular la condena al periodista Eduardo Kimel por investigar la masacre de los curas palotinos

palotinos
El gobierno argentino deberá reformar el alcance de los delitos de calumnias e injurias y anular una condena impuesta al periodista Eduardo Kimel por haber criticado la actuación de un juez durante la última dictadura en su libro "La Masacre de San Patricio", sobre el asesinato de cuatro sacerdotes polotinos (foto)  en esa iglesia en 1977. Así lo dispone  un fallo de la Corte Interamericana de Derechos Humanos.

En su sentencia, el máximo tribunal regional intimó al Estado argentino a "dejar sin efecto en un plazo de seis meses" la condena penal impuesta a Kimel por haber criticado la actuación del ex juez Guillermo Rivarola en la investigación de la denominada "masacre de los palotinos".

Además de sentar jurisprudencia para otras demandas de calumnias e injurias, la CIDH ordena al Estado argentino realizar un acto público de reconocimiento de su responsabilidad en el caso Kimel, y pagar costas y gastos, entre otras intimaciones. "La opinión no puede ser objeto de sanción, más aún cuando se trata de un juicio de valor sobre un acto oficial de un funcionario público en el desempeño de su cargo", remarcó el tribunal.

En 1999 la Corte Suprema había condenado a Kimel a un año de prisión en suspenso y al pago de 20 mil pesos como indemnización a Rivarola por el delito de calumnias e injurias, supuestamente cometido en el libro "La masacre de San Patricio".

Con el fallo del último 2 de mayo de la Corte Interamericana, que fue dado a conocer hoy por el Centro de Estudios Sociales y Legales (CELS), el alto tribunal entendió que "son ambiguas y que violan la libertad de expresión" las condenas por calumnias e injurias iniciadas por funcionarios. Así fue explicado hoy por los responsables del CELS, Horacio Verbitsky, Andrea Pochak y Damián Loreti, en una conferencia de prensa que ofrecieron junto a Kimel para celebrar el alcance de la sentencia.

"Nuevamente un caso argentino abre camino para evitar que se puedan repetir en el futuro violaciones a la libertad de expresión", destacó Verbitzky. Kimel dio algunos ejemplos del agobio que padeció durante los 17 años que duró el proceso judicial en su contra, y bromeó: "Es una cifra significativa en la biología de un muchacho de 55", que buscó "sacar a la luz uno de los hechos más atroces cometidos por el terrorismo de Estado". "La masacre de San Patricio", publicada su primera edición en 1989, investigó el asesinato de los sacerdotes palotinos Alfredo Kelly, Alfredo Leaden y Pedro Duffau, y de los seminaristas Salvador Barbeito y Emilio Barletti, todos cometidos el 4 de julio de 1976, durante la última dictadura militar. En 1991 Kimel fue querellado por Rivarola, quien como juez tuvo a su cargo la investigación en los años 1976 y 1997, y quien actualmente es camarista del fuero penal. Tras largas idas y vueltas del expediente en la justicia argentina, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) decidió el año pasado demandar al Estado argentino ante la Corte Interamericana. En agosto de 2007, el Estado asumió responsabilidad internacional por las violaciones a los derechos humanos en el caso y reconoció que se había violado la libertad de expresión y las garantías del debido proceso por haberse condenado penal y civilmente a Kimel.

"El Estado debe eliminar inmediatamente el nombre del señor Kimel de los registros públicos en los que aparezca con antecedentes penales relacionados con el presente caso", determinó la CIDH en su fallo del 2 de mayo.

Un mosaico de lo que fue la masacre de los palotinos, y que toma parte del relato del libro de Kimel, podrá verse a partir del 3 julio en un documental, que ya recibió premios internacionales y que se estrenará en salas de la Capital Federal.

Breve historia del caso

Eduardo Kimel fue condenado a un año de prisión en suspenso y a pagar una indemnización por criticar la actuación de un juez en el caso de la ?Masacre de San Patricio?, ocurrida durante la última dictadura militar. La Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), en 2007, luego de analizar el caso durante algunos años, decidió demandar al Estado ante la Corte Interamericana.
En el mes de agosto de 2007, el Estado argentino asumió responsabilidad internacional por las violaciones a los derechos humanos en el caso. Reconoció que por haberse condenado penal y civilmente a Eduardo Kimel a partir de la querella iniciada por el ex juez Guillermo Rivarola se había violado la libertad de expresión y las garantías del debido proceso porque en el trámite judicial se demostró una demora de más de nueve años.
Sin embargo, este reconocimiento no incluyó un compromiso para adoptar medidas que impidan futuas violaciones de derechos humanos, como la reforma de las leyes que siguen siendo utilizadas para la persecución de quienes difunden información de interés público.

 

 

A continuación, una entrevista con Kimel realizada hace un tiempo por Daniel Marcovecchio, y una reflexion de Leon Gieco


Entrevista con Eduardo Kimel, autor del libro "La masacre de San Patricio"

Nos llega hoy la denuncia de uno de los casos de censura más famosos del continente. Y la realiza la víctima misma de este abuso, el periodista argentino Eduardo Kimel. Su pecado fue investigar la masacre de San Patricio y acusar a un juez de negligencia al ver que las huellas de los asesinos conducían a la "entraña del poder militar". Su calvario podría acabar con la despenalización de los delitos de calumnias e injurias en Argentina, lo que significaría una victoria histórica para la libertad de prensa en nuestro hemisferio.

"Mientras los asesinos siguen en libertad, yo soy el único que recibió una condena"

El 4 de julio de 1976 fueron asesinados tres sacerdotes y dos seminaristas palotinos en la Parroquia San Patricio, de Villa Urquiza. A 29 años del sangriento episodio El Barrio dialogó con el periodista Eduardo Kimel, quien en 1986 escribió un libro que revela los secretos del mayor atentado sufrido por la Iglesia Católica en la Argentina.

Por Daniel Marcovecchio
dmarcovecchio@periodicoelbarrio.com.ar

Es la hora pico de un viernes complicado. El tráfico es un infierno y las bocinas aturden sin pausa. En la jungla de cemento no existe la paz, mientras la muchedumbre corre quién sabe hacia dónde. El bar de la cita se encuentra atestado de gente. Todos hablan, gritan… Sólo una mesa en un rincón permanece en calma. Detrás del humo de cigarrillo se encuentra Eduardo Kimel,el periodista que, como si fuera un personaje ideado por Franz Kafka, se vio envuelto en una maraña judicial sin fin.

-¿Qué motivo lo llevó a investigar el caso de los curas palotinos asesinados?

-Esto fue en 1986. Yo estaba haciendo un libro sobre historia política argentina y la misma editorial me propuso buscar un tema vinculado con los derechos humanos. En ese momento se estaba produciendo el famoso juicio a las juntas militares, que era un asunto de debate nacional, y tuve una charla con un compañero de la universidad. Yo estaba estudiando Historia en la Facultad de Filosofía y Letras, donde él me mencionó aquel suceso. Yo lo recordaba vagamente. Me interesó más el caso en la medida que no se había hablado demasiado del hecho. Había salido una nota en la revista El Periodista de Buenos Aires, una publicación importante de la década del 80, ya desaparecida, donde se hizo una investigación superficial pero por lo menos valiosa. Hablé con unas personas que tenían vinculación, que estaban dispuestas a hablar, a contar cosas. Entonces lo propuse en la editorial y aceptaron. Me puse a trabajar inmediatamente. Entre fines de 1986 y mediados de 1987 ya lo tenía escrito. Esas son las circunstancias objetivas. Las subjetivas eran que el tema me pareció interesante, y muy llamativo, porque el hecho se había producido en el marco del terrorismo de Estado, durante la represión de la dictadura, y tenía dos características que lo distinguían. La primera era que se trataba del ataque más importante sufrido por alguna comunidad de la Iglesia Católica en la Argentina en toda su historia. Y la segunda que en lugar de secuestrar y hacer desaparecer a las víctimas, práctica habitual de aquella época, en este caso se utilizó como forma de represión entrar al lugar y masacrarlas.

-El periodista Rodolfo Walsh marcó un antes y un después del periodismo de investigación. ¿Puede decirse que fue un modelo a seguir?

-Particularmente, no tenía en mente a nadie en especial. Pero es probable, como cualquier conocimiento que uno incorpora de forma válida. Las cosas importantes no siempre están presentes. Por tanto, supongo que el hombre y la obra de Rodolfo Walsh se encuentran en mi trabajo de forma natural, no porque pretendiera o quisiera imitarlo sino que, como otros periodistas que habían hecho buenos trabajos en aquella época, me parecía que era una forma interesante de contar una historia que podría ser apreciada por mucha gente.

-¿Tuvo problemas o amenazas de parte de las fuerzas de seguridad al escribir La masacre de San Patricio?

-No, fue un libro escrito en democracia y había un interés público muy importante en cuanto a los derechos humanos, aunque también hay que contar una pequeña historia dentro de lo que fue escribir el libro. En 1987, cuando se produjo la rebelión militar de Semana Santa contra el gobierno de Alfonsín, la editorial que me había encargado el proyecto me propuso esperar un tiempo para sacar el libro a la venta porque no se sabía cuál iba a ser el rumbo definitivo de estos planteos militares ante la evidencia de que el gobierno radical retrocedía frente a estos problemas. De común acuerdo esperamos para publicarlo más adelante. Así, el libro quedó archivado un tiempo. Yo lo presenté en un concurso, en 1989, donde pedían investigaciones sobre temas históricos vinculados con los últimos años y gané el primer premio, que consistía en su edición. De esta manera salió publicado en 1989. No hubo durante todo el proceso de investigación ningún tipo de presiones. En realidad, la principal amenaza o el riesgo producido por la publicación del libro fue el juicio que comenzó en 1991.

-¿Cómo se desarrolló el proceso judicial en su contra?

-El juicio fue un proceso largo. La querella se presentó a fines de 1991 y la inició Guillermo Rivarola, el juez que investigó el asesinato en el primer momento -julio de 1976 hasta agosto de 1977- y al cual yo le dedico una pequeña parte del libro donde cuento, de acuerdo con mi visión, cuál fue su actuación como responsable de investigar el crimen. El se sintió ofendido por lo que yo sostengo en el libro, que esencialmente habiendo cumplido con una serie de formalidades que correspondían no llevó adelante la investigación a fondo. No porque se negara, eso yo no lo juzgo, tampoco lo sé, pero tengo la certeza, y esto lo puede constatar cualquiera que lea la causa, que con los elementos a disposición en ese momento se podía haber llegado a una investigación más profunda. Si no lo hizo se debe a las mismas razones por las cuales el conjunto de la Justicia en la Argentina no investigó los crímenes de la dictadura: es decir no había investigación del Gobierno de facto al cual los jueces en general, y en particular los de orden penal, mostraron obediencia o funcionalidad. Ningún juez investigó los crímenes denunciados; más aún, se sabe que rechazaban los hábeas corpus presentados por los familiares de las víctimas de desapariciones porque sabían que el hecho de requerir al poder político, a los organismos de seguridad y a las instituciones militares la identificación del paradero de las víctimas de la represión significaba colocarse en un terreno de resistencia o de oposición al método utilizado por la dictadura.

-¿Cuál fue el resultado de la causa?

-El juez Rivarola me realizó una querella por calumnias e injurias aduciendo que el párrafo escrito en el libro tenía una acusación hacia él por no cumplir con sus funciones. En 1995 la jueza Angela Braidot, que estuvo a cargo de la primera instancia, me condenó a un año de prisión en suspenso y a pagarle una suma determinada al juez Rivarola en concepto de indemnización, ya que consideró que yo era culpable del delito de injurias. Se apeló la sentencia y en 1996 la Cámara de Apelaciones me absolvió diciendo que no había mérito para condenarme ni por injurias ni por calumnias. Luego el juez Rivarola apeló ante la Suprema Corte de Justicia en la época menemista y logró a fines de 1998 una revocatoria de aquella sentencia que me absolvía y devolvía el caso a la Cámara de Apelaciones, pero de otra sala. En 1999 esa sala me volvió a condenar. Entonces mis abogados y yo apelamos sin éxito ante la Suprema Corte.

-¿Qué hizo entonces?

-En 2001 el estudio del Centro de Estudios Legales y Sociales, que me defendía, presentó una denuncia ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), cuya sede está en Washington, en la cual denunciamos este caso en primera medida por censurar a la libertad de expresión y al derecho a la información. La segunda crítica fue realizada contra los jueces que me condenaron, ya que lo hicieron en forma arbitraria y sin hacer una mínima lectura de lo que yo escribí. La Comisión mantuvo el caso dos años en estudio, en un trámite que se llama de admisión, y a principios de 2004 aceptó la denuncia que nosotros presentamos al ser avasallado nuestro derecho en las cortes de la Argentina. En marzo de este año hubo una reunión entre mis abogados y representantes de la Cancillería del gobierno argentino en Washington ante la Comisión Interamericana, donde se expusieron las posiciones de las partes y una vez más exigimos que se busque la manera de dejar sin efecto la condena penal y cualquier tipo de multa indemnizatoria por haber agraviado supuestamente al doctor Rivarola. En estos momentos es el gobierno argentino el que tendrá que contestar esos argumentos y no sabemos cuál es la posición que tomarán al respecto. Incluso ha quedado claro que desde que efectuamos el pedido a la CIDH ninguno de los tres gobiernos que hemos tenido durante esos años saben qué contestar. Esto ocurre porque el caso derivado de la masacre de San Patricio constituye una evidencia muy clara de cuáles son los intereses que defienden muchos de los magistrados argentinos y de qué manera se tratan en este país los temas vinculados con la represión ilegal durante la época de la dictadura militar. La demostración más palpable de eso es que mientras los asesinos de los palotinos siguen en libertad y jamás fueron castigados por uno de los hechos más horrendos de aquella época, el periodista que escribió un libro donde se cuenta esta historia dolorosa es el único que ha recibido algún tipo de castigo.

-Esa es la parte mala de la experiencia. ¿Qué fue lo bueno de haber escrito el libro?

-Si bien se trata de un libro breve, tiene buen material. No solamente hay elementos interesantes por sí mismos sino que la manera en la cual están organizados para contar la historia fueron producto de una elaboración que me alegra. No es un libro lineal, que ofrece al lector sólo el conocimiento de este trágico hecho, sino que también aporta un montón de otros rasgos que sirven para conocer la realidad de aquella época, el contexto y, de alguna manera, mostrar la otra cara de esta historia: la justicia, durante la dictadura y luego en plena democracia, fue incapaz -y esto es lo más terrible- de llevar a cabo una investigación que permitiera condenar a los que cometieron el quíntuple homicidio.

-¿Cómo imagina la resolución de su caso?

-Mis abogados pronostican que va a tener una resolución favorable. Esta situación significará dos cosas: una será mi reivindicación como periodista y la otra será la implementación de una sanción para el Estado argentino por no haber protegido los derechos que debería garantizar en cumplimiento de leyes fundamentales como la Constitución Nacional Argentina y el Pacto de San José de Costa Rica.

Fuente: www.periodicoelbarrio.com.ar


Leon Gieco en la Iglesia San Patricio, donde mataron a los cinco curas palotinos


"Cuando callaron las iglesias y el fútbol se comió todo"

León Gieco cantó "La Memoria" en la misa por los cinco palotinos asesinados por la dictadura. Primero visitó la Iglesia de San Patricio, en Belgrano, donde habló con los curas sobre la religión, la fe y los años de plomo, conversación que se transcribe a continuación. Hoy los parroquianos deberán llevar alimentos no perecederos, ya que el recital será en beneficio de un hogar de niños discapacitados, de Capitán Bermúdez, cerca de Rosario, apadrinado por León Gieco.

Por Hugo Soriani y Luis Bruschtein

"Los alimentos que juntemos en la misa del domingo serán para el hogar de niños de Capitán Bermúdez. Los conocí porque en algunos de mis recitales venía siempre un pibe en silla de ruedas. No tenía piernas ni brazos. Un día me vino a hablar y le regalé la armónica. Ahora Panchito armó su grupo y a veces me hace de soporte en algunos recitales. El domingo van a venir. Yo soy padrino del hogar." León Gieco le habla a Adrián Francioli y John O’Connor, vicario y párroco de la Iglesia de San Patricio, donde fueron asesinados en 1976 Alfredo Kelly, Alfredo Leaden, Pedro Dufau, Salvador Barbeito y Emilio Barletti, los cinco curas palotinos. El domingo será el aniversario de esa matanza y como Gieco menciona a los sacerdotes muertos en La Memoria, Francioli y O’Connor lo invitaron a participar. La misa es hoy a las 20 horas en Estomba y Echeverría, en el barrio de Belgrano R. La charla es alrededor de una mesa y una picada, en las instalaciones donde viven los palotinos, detrás de la iglesia. O’Connor le pregunta por qué incluyó la mención de los palotinos en su canción.
"Puse los hechos que me parecieron más fuertes –responde Gieco–, los que más me impactaron, y creo que también a la gente. También menciono a Walsh, a Mujica, a Angelelli… Fueron los hechos que hicieron reflexionar, los que terminaron de poner en claro que aquí estaban haciendo una masacre."
La pregunta disparó otros recuerdos, el comienzo de una historia, la primera relación de Gieco con la niebla de la dictadura.
"Cuando me pusieron en la lista negra –recuerda–, tenía tres temas prohibidos: Canción de amor para Francisca, el Tema del mosquito y La historia esta. Tuve que irme del país. No tenía un peso. Llegaba a Lima y daba un recital, juntaba algo de plata y entonces iba a Caracas, hacía otro recital y así, también pasé por México, Costa Rica y llegué a Los Angeles, donde vivía una amiga que me ofreció su casa. En 1978, me llamó mi agente para decirme que las cosas se estaban ablandando, que la esposa de Videla estaba en la Fundación Genética Humana y quería hacer un recital de rock en el Luna Park. Yo me vine, pero antes le pedí que me organice algunos recitales más chicos, medio clandestinos, además del Luna. Como sabía que allí tenía la protección, aproveché para grabar esos tres temas. En el disco decía ‘grabado en vivo en el recital por la genética humana’. Eran las maniobras que hacíamos para que pudieran pasar. La dictadura era algo nuevo, no sabíamos cómo reaccionar."
Sale la pregunta sobre la censura, los militares metiéndose en la vida de la gente, porque la Canción para Francisca es una canción de amor, no tiene ninguna connotación política.
"Estaba prohibido hasta Gardel –dice– y también estaban prohibidos los cuartetos cordobeses, porque eran demasiado festivos o vaya a saber qué. Bueno, después del recital, junté como diez o quince mil dólares y volví a Estados Unidos a devolver todo lo que debía. Le planteé a mi mujer la posibilidad de volver. Era el año ’78, ’79, estaba más pesado que nunca. Por suerte ella, intuyendo todo, me dijo que no."
De la mesa van desapareciendo el queso, el salame y las papas fritas mientras Gieco recuerda. Francioni y O’Connor escuchan, intervienen en la conversación, que en un punto es casi un monólogo. En la iglesia el ambiente es cómodo, las palabras surgen sin dificultad.
"En esa época, en los recitales, la gente se sentaba y escuchaba, aplaudía y nada más, no participaba. Esa vez, en el Luna Park, que estaba lleno, también fue así. Bueno, el asunto es que gracias a la intuición de mi mujer no volvimos y nos fuimos a Europa. Terminamos en la casa de unos amigos en Roma. A mi amigo de Roma lo habían torturado porque buscaban al hermano. Cuando estaba en Italia me empecé a reunir con grupos de argentinos exiliados y ellos hablaban. Contaban que estaban haciendo desaparecer gente, que la tiraban al mar desde aviones, que habían aparecido cadáveres en la costa atlántica con las manos cortadas para evitar que fueran identificados. Ahí fue mi primer flash, no podía creerlo, hasta ese momento tenía dudas, pensaba que podía ser una exageración. Al final del ’79 me quedé sin plata en Europa y tenía el boleto de regreso vía Los Angeles, así que regresé y ahí empecé a rever toda la historia y me di cuenta de que estábamos en una masacre total."
Cada quien busca en sus propios recuerdos, los periodistas y los curas mientras Gieco reconstruye esa parte de su historia. Del otro lado del pasillo está la pequeña capilla con los retratos de los curas asesinados y la alfombra roja sobre la cual fueron acribillados. El tejido muestra los agujeros limpios de los balazos.
"Cuando uno compone las canciones, revisando un poquito la historia, uno se acuerda de los momentos más álgidos. Y lo que pasó en esta iglesia me pareció terrible porque además ponía en evidencia lo que estaban haciendo, era una advertencia a los religiosos, a los católicos, de que no se metieran en nada, el miedo total, fue claro el mensaje, horroroso. Cuando estás libre y componiendo, ponés lo que sale primero a la superficie. Y así puse a los palotinos, lo de Angelelli, lo de Mujica, lo de Guatemala, lo de Chico Méndez en Brasil, la represión estudiantil en México, donde mataron como a mil estudiantes. La memoria tendría que durar como cuatro horas, pero uno resume, es como el nombre y el apellido."
Hay preguntas para los palotinos, el por qué de la matanza, el por qué del descaro y la total despreocupación por ocultarlo. Es un barrio de clase alta y la congregación era muy respetada incluso desde el poder.
"Qué pregunta. Creo que debemos descubrir el por qué –afirma el párroco O’Connor–. Yo no entiendo. Debemos sacar conclusiones. Creo que tiene mucho que ver con el barrio y con hacer esa advertencia a la Iglesia y a los creyentes. Porque es un barrio donde vive gente del gobierno, militares y gente de mucho dinero. También el hermano de uno de los curas asesinados, el padre Leaden, era obispo auxiliar de Buenos Aires, se trata de una comunidad con mucha relación con Europa, es un grupo muy representativo de la Iglesia Católica, un lugar sensible. Yo creo que lo distintivo de ellos es que los mataron en su lugar de trabajo. Por ejemplo, Mujica era de una familia de mucha plata, pero iba a trabajar con los pobres, Angelelli igual. En este caso era un grupo de sacerdotes trabajando en su propia parroquia. No eran tercermundistas."
León Gieco sacude la cabeza y encoge los hombros. Ha pensado en el tema antes y las respuestas que encontró sólo son más preguntas.
"Esas cosas no tienen lógica. A lo mejor encontraron en la agenda de un detenido la dirección de esta iglesia y vinieron acá y los mataron. No hay lógica, porque el horror que pasó acá no tiene lógica. Es ilógico, si no, no hubiera ocurrido. Atando cabos, puede haber ocurrido de cualquier lado. Alguien que da la dirección de la iglesia, un pibe que cayó preso y lo torturaron, qué se yo."
Hay dos libros que reconstruyen la masacre de los palotinos, escritos por los periodistas Seisdedos y Kimmel. Ambos se introducen en esa pregunta. Uno de los seminaristas era militante montonero señalan.
"Es así –afirma el vicario Francioni–, pero lo importante es que el sentido político fue callar a la Iglesia y lo lograron. El que siguió adelante fue Angelelli y lo mataron al poco tiempo."
"Hay otro elemento importante –agrega O’Connor– y es que dos de los miembros de la Junta Militar, Agosti y Videla, eran de Mercedes, que es una parroquia palotina. Algunas personas dicen que fue la línea de Massera en un mensaje mafioso a Videla."
"Lo que pasa es que tratar de interpretar a esos tipos, meterse en sus cabezas –insiste Gieco– es meterse en una cosa morbosa, asquerosa, que uno no está acostumbrado, porque uno es un pacifista, soy una persona normal, no me puedo meter en la locura de estos tipos. Lo que uno ve es la consecuencia de esa locura, que fue callar a la Iglesia. Porque si mataron a los cinco palotinos en un barrio como Belgrano, cómo no van a matar a Mujica o a Angelelli, justifican todo lo que hicieron y guarda con empezar a hablar. Después de eso, la Iglesia no habló nunca más, la Iglesia calló, por eso la canción de La Memoria dice: ‘fue cuando se callaron las Iglesias y cuando el fútbol se comió todo’. Ahí están los comentarios de los sobrevivientes de la Esma, cuando cuentan que mientras los torturaban se escuchaban los goles. Pero ese juego perverso entre juego y asesinato también se vivió durante la guerra de Malvinas. Porque todos hablamos del Mundial ’78, pero la guerra de Malvinas se produjo en el mismo momento que el Mundial del ’82. Y la gente argentina tenía la dualidad de que los pibes estaban muriendo en Malvinas mientras el fútbol se lo comía todo. A mí me parece insalubre tratar de meterse a ver el por qué porque es meterse en la cabeza de una bestia horrorosa como eran esos tipos. Es como un accidente, como una familia iraquí que le cayó una bomba y estalla toda la familia. Además, están las cosas que ya han ocurrido, porque si uno lee sobre el genocidio de los armenios por los turcos y después lo que hicieron los alemanes, allí se calcinó la inocencia. Y uno podía pensar que acá no iba a pasar y pasó."
"Qué es para ellos el bien y el mal", se pregunta O’Connor, y otro comentario alude a que dentro de la Iglesia hubo reacciones de todo tipo y Gieco que responde que "la Iglesia está compuesta por hombres, que es un error generalizar, hay que hablar de los hombres" y alguien que cuenta otra anécdota de curas que respaldaban a los represores.
"Fue un momento muy difícil y es importante lo que dice León –interviene entonces el párroco O’Connor–. San Agustín, en el año cuatrocientos y pico, decía que ‘la Iglesia es una santa prostituta’, es santa, pero también es prostituta porque están los hombres. Incluso yo creo que los que avalaron la maldad fueron la minoría. La mayoría estaba en sus parroquias y cumplió con sus deberes. Otro grupo fue muy diplomático, lo hizo con su silencio, que es el pecado de la omisión, y otros fueron directamente cómplices, pero la mayoría estaba en sus parroquias, trabajando. En aquella época había tres sacerdotes en Castelar, en la parroquia donde yo estaba. Y un domingo, el párroco predicó un sermón normal sobre la doctrina social de la Iglesia. Y a la noche, contando la colecta, encontré tres balas en la colecta. Allí estaba el mensaje. Desde entonces me pregunto quién va a la misa con tres balas en el bolsillo."
La imagen de los militares en la iglesia fusilando a los cinco sacerdotes ronda en todas las cabezas. Los llevaron a la sala del primer piso, los hicieron arrodillar y allí en el suelo los acribillaron. Los militares estuvieron cerca de dos horas en la parroquia.
"Yo creo que muy en lo profundo –señala Gieco– todos tenemos la misma posibilidad de ser como ellos o no. La diferencia está en que a él lo formaron para que sea así, le hacen creer que está salvando a la patria. El bien y el mal no están separados, todos los hombres llevamos algo de las dos cosas. Además de la locura está la parte económica, la ideología. Para conquistar algo, los seres humanos siempre usaron la desaparición y el genocidio. Ya pasó en toda la historia, 300 años antes de Cristo trajeron a dos millones de judíos para ser esclavos en Egipto. En América latina mataron a 60 millones de nativos en la conquista. Y cada vez lo hacen con las características de la época, la desaparición, que antes no existía. Los primeros que experimentaron con la desaparición fueron los franceses en Argelia, que luego lo trajeron a la Argentina. Como lo explica Videla: ‘El desaparecido no está vivo ni está muerto, no está’. Porque cuando Franco fusilaba en la Guerra Civil, tuvo problemas con el Vaticano. Entonces empezaron las desapariciones. El otro día Víctor Heredia fue a presentar su libro a Malargüe y fue el cura del lugar. Víctor hablaba de los desaparecidos, que es el tema del libro, que es un poco la historia que vivió él con la hermana. Y el cura le dijo que no podía hablar de 30 mil desaparecidos ‘porque hubo apenas cinco mil’. El tipo estaba justificando cinco mil desaparecidos. Esa persona es cura, pero si no lo fuera podría ser perfectamente un torturador, porque está cerquita de serlo."
La actitud de los religiosos que respaldaron a los torturadores irrita a Gieco. Es un tema que lo sensibiliza y entonces enfatiza sus afirmaciones. Está hablando en la iglesia sobre estos curas que "podrían haber sido torturadores" y tanto Francioli como O’Connor asienten con sus cabezas y con la misma indignación. Salió el tema de la guerra en Irak.
"El año pasado, cuando empezó la guerra de Estados Unidos contra Irak –relata el vicario Francioli–, en la homilía del Jueves Santo dije que si utilizábamos aunque fuera una porción de nuestra inteligencia en vez de para hacer el mal o para construir aparatos para destruir o matar, si utilizáramos esa porción de la inteligencia podríamos hacer muchas cosas buenas por nosotros que estar matándonos."
"Es la condición humana" –reflexiona Gieco, y alguien menciona a los sistemas políticos y Gieco recuerda que todos han tenido esas aberraciones–: "Stalin mató a cientos de miles" y en la conversación surge la pregunta de si eso ya no tiene arreglo.
"Eso es lo que nosotros queremos transmitir cuando hablamos de nuestros cinco mártires –interviene Francioli– porque es un mensaje de esperanza, que el hombre también tiende hacia lo trascendente y puede tender también hacia las cosas buenas. Si ellos pudieron dar sus vidas fue porque creían que había ideales más grandes que la destrucción, la violencia o la muerte."
"Yo estoy de acuerdo con lo que dice Adrián –responde Gieco– pero él lo dice desde su profesión, a la que yo respeto muchísimo porque la fe te salva de un montón de cosas. Ojalá pudiera tener esa fe. Yo creo que esa cosa que se compensa entre el bien y el mal es así y me parece ingenuo pensar que va a estar todo bien alguna vez. Uno está de paso en este mundo y tiene que hacer el bien, lo demás queda a criterio del destino. Pero Adrián tiene ese aspecto muy hermoso de su profesión, que es la fe. Yo quisiera tener ese grado de fe, porque sé que mucha gente vive por la fe."
Ya se trata de una discusión de principios entre los sacerdotes y el cantor. Es en lo que ha devenido una conversación donde también se habló de la música celta, la preferida de Gieco y O’Connor, se habló de los Chieftains y de Carlos Núñez y de un inminente viaje de Gieco a Irlanda y hubo un ofrecimiento de alojamiento por parte del irlandés, que de todos modos interviene en la cuestión de la fe.
"Yo creo que es importante subrayar que el mártir no da la muerte, da la vida. En la cruz, Cristo da la vida, no da su muerte. Creo que el martirio es así. Y ése es el mensaje de nuestros cinco mártires, ellos murieron haciendo lo suyo, no buscaban fama, ni estaban en la guerra. Y por eso, a pesar de lo que estamos diciendo, yo creo que hay esperanza, el hombre es bueno."
"A mí me gusta la frase de una canción de León que dice ‘De amor, un día, mi vida nació’ –apoya Francioni a su párroco– y creo que desde ahí nosotros podemos transformar las cosas malas, si el ser humano descubriera esa gotita de amor que se necesitó para que esa persona naciera, a partir de ahí muchos se reconciliarían consigo mismo y con los demás."
Pero Gieco no se rinde y para finalizar, antes de ir a saludar a los alumnos de la escuela que tiene la parroquia, da un ejemplo de cómo las cosas van para atrás:
"Cuando vi la película Nacido el 4 de julio me dije "por fin alguien está educando a una sociedad que mandó a matar a miles de pibes". Porque por eso lo mataron a Ke- nnedy, porque después subió Johnson y mandaron los pibes a Vietnam. Cuando la volví a ver el otro día, me pareció antiquísima, porque ahora en Estados Unidos están todos con la banderita para que Bush reviente a Irak. Solamente Bob Dylan, Bruce Spreenting y dos o tres más que van a hacer un concierto están en contra. Antes, por lo menos los pibes, los hippies, se manifestaban en contra de la guerra. Es increíble la forma como se atrasó todo. Es muy difícil. Yo no sé si esto va a cambiar o no. Vivimos tan poco que realmente es poco lo que podemos hacer. Yo creo que ese poquito de tiempo que uno vive tiene que hacer todo el bien que pueda y si las cosas van a cambiar, que las diga otro, yo no sé."

Fuente: La Fogata

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La cúpula de la iglesia católica, en la opción por los ricos y al servicio de golpistas genocidas

 
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